Volverse como EE.UU.

La India Menta

La Asociación Nacional del Rifle (NRA), en Estados Unidos, no es solamente una organización vinculada a la cultura de las armas: también es un actor político que defiende los derechos asociados con la Segunda Enmienda y, a través de su brazo de incidencia legislativa, participa activamente en el debate sobre las leyes de armas. La propia organización presenta la defensa del derecho a poseer y portar armas como una defensa de la libertad.

En 2024, 44.447 personas murieron por lesiones relacionadas con armas de fuego en Estados Unidos, según datos del CDC. La cifra incluye 27.593 suicidios, 15.364 homicidios y otras muertes relacionadas con armas de fuego, incluidas algunas ocurridas durante intervenciones policiales, accidentes y circunstancias indeterminadas.

La dimensión de esta tragedia no parece haber desplazado del centro del debate una idea que durante décadas ha sido fundamental para la cultura política estadounidense de las armas: que estar armado es una forma de ejercer la libertad, protegerse y conservar autonomía frente a las amenazas. La propia NRA ha construido buena parte de su discurso alrededor de esa asociación entre armas, libertad y autodefensa.

La posesión de armas en manos de “la gente de bien” adquiere ahora en Colombia un nuevo significado, de la mano del hombrecito que parece empeñado en reconfigurar la legitimación del uso —esta vez no tan simbólico— de la violencia en la política, y también en convertir el arma en un recurso de espectacularidad.

Una investigación académica sobre cultura de las armas en Estados Unidos ha mostrado que, para algunos propietarios, el arma puede representar mucho más que seguridad: puede proporcionar identidad social, estatus, valor propio, sensación de control y hasta una forma de reconocimiento moral. En determinados sectores, incluso puede adquirir un carácter sagrado.

En Estados Unidos, distintos estudios han encontrado una relación entre el nacionalismo cristiano y la oposición a una regulación más estricta de las armas. Para algunos de estos grupos, el derecho a portar armas no es solamente un asunto jurídico o de seguridad: puede estar vinculado con una concepción religiosa que puede entender el derecho a portar armas como otorgado por Dios.

Poner la otra mejilla no parece ser, para ciertas expresiones de esta cultura política, el valor cristiano más visible. En cambio, salir armado, proteger a los suyos, encaja mucho mejor en su fe y otorga estatus e identidad.

En Colombia, donde las armas han estado asociadas durante décadas con el conflicto armado, el narcotráfico, el paramilitarismo, la delincuencia y la violencia política, convertirlas nuevamente en símbolos de autoridad debería generar, por lo menos, una discusión pública.

Que una sociedad, acostumbrada a usar la violencia como mecanismo de resolución de conflictos, se habitúe a verla como una virtud cuando viene con un crucifijo, una oración, o un discurso sobre el orden es demasiado peligroso.

Por eso, tal parece que el riesgo ya no es volverse como Venezuela, un discurso que finalmente terminó agotándose bajo el peso de su propia pobreza argumentativa. El riesgo, podría ser volverse como Estados Unidos, un país donde el arma es instrumento de libertad, sin mayor cuestionamiento sobre sus consecuencias.

Ya sabemos cómo funciona la fórmula: se reza, se persigna, se habla de Dios y, por si acaso, se lleva una pistola.

Si para demostrar autoridad hay que exhibir un arma, entonces la pregunta ya no sea qué tan armado está el hombrecito, sino qué tan débil debe sentirse cuando necesita un arma para parecer poderoso.

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