La India Menta

Vivimos en un país con cierta robustez tecnológica, algo de modernización, riqueza ambiental, diversidad étnica y solidez de pensamiento —en varios casos—. Pero, pese a esa apariencia de avance, rápidamente se están instalando acciones de extremo conservadurismo basadas en la dominación, la obediencia y la concentración del poder.
¿Qué llama la atención de un discurso violento, como el del hombrecito de la Casa de Nariño? ¿Qué resulta tan atractivo como para que no se rechacen sus actitudes y decisiones autoritarias, sino que se admire a un personaje tan básico, que vive en un mundillo de dictadorzuelo corroncho? ¿Qué lleva a las personas a esa suerte de primitivismo político, a un entendimiento tan elemental en el que el fuerte domina al débil; la violencia produce admiración en lugar de rechazo; el castigo gana legitimidad? ¿Qué hace privilegiar a “mi líder” por encima de “mis instituciones” o “mis derechos”?
Desde que se inició el actual gobierno, e incluso durante la campaña, la amenaza, el insulto, la humillación pública, la exhibición de la capacidad de castigo y la demostración de que hay un líder que “no le teme a nadie” parecen funcionar para quienes ya han dejado de cuestionar a una persona a la que le permiten cualquier cosa.
Ciertamente, la violencia tiene una enorme ventaja comunicativa: simplifica el mensaje y no exige demasiadas explicaciones. Quien adopta esa lógica responde al espejismo de la efectividad y a un resentimiento visceral que no reclama respuestas. No necesita comprender el sistema complejo de normas, la historia política o los argumentos que explican un problema, sino identificarse con una estructura emocional elemental: el odio y el rechazo.
Si hay un problema económico, “es culpa de ellos”; si hay uno de seguridad, “hay que aplastarlos” —o destriparlos—; si hay conflictos migratorios, “son una amenaza y hay que expulsarlos”; si hay retos electorales, “nuestros enemigos destruyen el país”. Y así, hasta que la complejidad desaparece y únicamente se desarrolla una estructura binaria, simplísima: amigo-enemigo, fuerte-débil, vencedor-vencido.
Dicha estructura no necesita una elaboración intelectual profunda: basta con lo emocional, con una organización binaria del mundo propia del pensamiento autoritario y conservador, según la cual se necesita a alguien sin miedo de hacer lo necesario, incluso a costa de sacrificar los propios derechos, la convivencia y, eventualmente, la vida misma.
Aunque Colombia es una sociedad que institucionalmente cuenta con una organización política, también enfrenta los esfuerzos por erosionar y tergiversar su memoria social. Cuando esa memoria se debilita, resulta más fácil dejar de analizar y cuestionar y abreviar la realidad en categorías elementales: amenaza, enemigo, fuerza, castigo y victoria.
En el actual gobierno, la simplificación del mundo domina buena parte del debate público. El uso del miedo, por ejemplo, permite eludir el diálogo sobre conflictos históricos no resueltos: la tenencia de la tierra, la desigualdad y las soluciones a la guerra implican conocimiento y decisiones retadoras, mientras que el miedo permite aceptar una idea mucho más básica: “estamos en peligro y necesitamos a alguien fuerte”.
Cuanto más compleja es la realidad, más atractivo puede resultar el discurso ramplón, la exhibición de cadáveres, los berridos sobre firmeza y patria, porque avivan la sensación de que se está haciendo algo para resolver los problemas.
No hace falta que la acción sea eficaz. Tampoco se reflexiona sobre la transgresión de las normas, porque la política empieza a entenderse como una demostración de fuerza y como la oferta de algo que sí gusta a los seguidores de esa ideología: obediencia.
El miedo, la fuerza y la obediencia pasan a ser actitudes admirables y no condicionamientos que afectan las libertades o ponen en peligro la seguridad. Justamente porque el líder es peligroso, se avala —y a bala— que proteja a quienes lo eligieron.
En este momento, no solo hay un líder político que ha utilizado la violencia, en la palabra y en la acción, sino que hay personas que entienden esa violencia como señal de capacidad, autoridad y protección y que, en otras circunstancias y con otros representantes, seguramente la considerarían motivo de absoluto repudio.
En muy poco tiempo, o tal vez sobre un terreno sabiamente abonado para impedir la deliberación, se pasó de cuestionar todo lo que se hacía en un gobierno al permanente aplauso de lo que se proponga y se haga, incluso si ello implica acabar con todo, expulsar migrantes, silenciar periodistas, reducir presupuestos, e ir en total contravía de lo que se ofreció en campaña y que deslumbró a quienes encontraron en esas respuestas elementales una solución para problemas complejos.
Después de más de seis décadas de violencia, sus seguidores encontraron atractivo llamar seguridad a la fuerza letal, firmeza al castigo y liderazgo a la capacidad de someter.
¡Qué manera arcaica de hacer política! ¡Cuán elementales estos pobres adoquines que van por el mundo creyendo que gobernar es levantar la cachiporra para que todos entiendan quién manda! ¡Todavía creen que el progreso consiste, simplemente, en fabricar un garrote más grande! Ay, son tan elementales...