La India Menta

Durante la primera etapa del actual gobierno han resonado algunas noticias sobre la niñez y su exposición, conveniente y dinámica, dependiendo de las motivaciones para protegerla o aniquilarla.
Hace días, un niño pidió ayuda para conseguir atención especializada por una cardiopatía y generó una respuesta institucional extraordinariamente rápida después de hacerse viral.
Es innegable que la infancia tiene una enorme potencia simbólica. Mientras un adulto enfermo puede ser mostrado como alguien que enfrenta una dificultad, un niño exige protección: representa una injusticia que, en principio, debería resultar intolerable.
Simultáneamente, aparece la niñez con fines necropolíticos: aparentemente, tres de las 23 bolsas con cadáveres con las que se exhibió el presidentico correspondían a adolescentes.
Hay dos formas de entender lo que comienza a ocurrir con la representación de la niñez: o tenemos al niño que simboliza un hecho colectivo, o al niño convertido en trofeo de una guerra tan descompuesta como el propio cadáver.
La manera en que cada caso es representado resulta cuestionable. Tal parece que los sufrimientos son selectivos y no problemas sociales estructurales. Hoy, un niño puede convertirse en contenido cuando su historia permite exigir una respuesta institucional, pero deja de serlo cuando su muerte obliga a preguntar por aquello que el Estado pudo —o debió— hacer para prevenir su reclutamiento.
En este último caso, la historia se detiene en la bolsa. No hay rostro, familia, trayectoria ni contexto. Tampoco demasiada discusión sobre las circunstancias que llevaron a ese adolescente a un grupo armado, ni sobre las responsabilidades estatales en un fenómeno que lleva décadas ocurriendo. Se polemiza poco, por supuesto, porque esta vez no se trata de la “izquierda”.
En la selva mediática, el sufrimiento no se distribuye de manera equitativa y la protección de la niñez no parece importar mucho ni al gobierno de turno ni a buena parte de los medios hegemónicos.
¿Cómo una persona menor de edad puede dejar de ser representada primordialmente bajo el código de “infancia” y empezar a ser representada bajo otro código: combatiente, delincuente, amenaza?
Buena parte de la manera en que nos muestran a las personas va más allá de su clasificación. También determina su valoración moral: ¿merecen nuestra compasión?, ¿son inocentes o responsables?, ¿son “uno de nosotros”?, ¿son dignos de duelo?
Sin duda, el sistema de producción de noticias tiene mucha más facilidad para contar qué hizo el Ejército que para explicar qué significa que un niño haya sido reclutado, qué circunstancias lo llevaron allí y qué obligaciones tenía el Estado frente a él.
Una operación militar tiene todos los ingredientes de una noticia de alto impacto. Investigar el reclutamiento infantil exige tiempo, contexto, fuentes, seguimiento y preguntas incómodas. El comunicado de prensa no.
La visibilidad de la infancia parece depender, entonces, no solo de la gravedad del sufrimiento, sino de la óptica con que se le mire y, sobre todo, de la utilidad que pueda tener para quien cuenta la historia.
Hay niños que sirven para conmover, niños que sirven para exigir, niños que sirven para gobernar, y otros son útiles para que un hombrecito corra a celebrarlos muertos.
La tragedia no es solo que la infancia desaparezca cuando mueren niños, sino cuando dejamos de verlos de esa forma. A unos se les devuelve el rostro. A otros se les deja dentro de una bolsa.