Sr. Malajunta

Así comenzó Vietnam. ¿Esa historia se repetirá en Colombia?

Empezaron 34 asesores. Sus funciones eran aconsejar, en logística y levantamiento de inteligencia, al Gobierno de Vietnam, en su guerra contra Vietnam del Norte.

Poco a poco, de la simple asesoría pasaron al combate.

Veinticinco años después, el 30 de abril de 1975, con una derrota descomunal a sus espaldas, los últimos de 2,7 millones de combatientes de Estados Unidos salieron en estampida de Vietnam.

Es la historia. Los 34 se convirtieron en millones, de asesores pasaron a combatientes, de extranjeros a dueños del país. En Vietnam solo se hacía lo que dijera Washington.
Esta vez, los asesores están en Colombia, y según el secretario de Guerra de Estados Unidos, Pete Hegseth, vienen a echar tiros, aunque el Gobierno colombiano lo niegue haciendo cruces con patas y manos.

Las palabras de Hegseth son claras: "A través del recién inaugurado presidente, Colombia ya ha solicitado que el Departamento de Guerra se una a Colombia en su lucha contra el narcoterrorismo, autorizando operaciones militares conjuntas para destruir a los terroristas y sus redes".

¿Qué niegan, entonces, los nuevos gobernantes? Mejor dicho, ¿por qué mienten?

Desde luego, esa autorización es inconstitucional. Solo el Senado puede autorizar ese tipo de actividades de tropas extranjeras.

Pero, no hay que olvidarlo: el nuevo gobierno es la ley.

En Vietnam, el involucramiento masivo en la batalla surgió a raíz de un incidente inventado. Para entonces, los soldados estadounidenses ya participaban en misiones de combate. Pero el incidente les abrió las puertas a 2,7 millones más.

Una noche de tormenta, las baterías de artillería de Vietnam, activadas por soldados estadounidenses y vietnamitas, descargaron durante horas miles de municiones sobre el Golfo de Tonkin, para rechazar un ataque de soldados comunistas del Norte.

Solo que tal ataque nunca ocurrió.

Y pese a que oficiales honrados de Estados Unidos dijeron que todo era falso, Washington envió oleada tras oleada de aviones cargados de miles de soldados apertrechados como si fueran para la última batalla de la última guerra.

Llevaban con ellos el Napalm, una gelatina de gasolina que se dispara con lanzallamas, o en bombas, que se adhiere a todo lo que toca y solo se apaga cuando se consume la totalidad del combustible.

Las personas prácticamente se evaporaban en llamaradas terribles. La vegetación también desapareció y casi todo Vietnam se convirtió en un inmenso peladero infame.

Esta vez, los combatientes vienen a Colombia con la misión de disparar contra los que llaman blancos terroristas: guerrilleros, cocaleros, sospechosos, indios, marineros de cabotaje y, en fin, contra todo el que les huela a feo.

Ya lo demostraron con los pescadores desarmados que asesinaron en altamar.

¿Cuál será nuestro Tonkin, cuál el comienzo de nuestro Vietnam? Porque, como vamos, seremos un Vietnam, o un Afganistán, con la complacencia absoluta y estimulante de la gente del Palacio de San Carlos, y el silencio cobarde del Congreso. De todo el Congreso. De todo.

¿Cuál será, en serio, nuestro Tonkin?

¿Unas ráfagas inventadas contra una base donde había soldados extranjeros, hechas supuestamente por gente de Primera Línea, o por manifestantes del Pacto Histórico?

¿Un helicóptero mal operado, estrellado en Sardinata o en Toribío o en Barbacoas, y que permitirá culpar a campesinos con escopetas de cacería?

Inventar algo así tendría un múltiple propósito: involucrar de manera masiva a Estados Unidos en la guerra interna, establecer en Colombia la cabeza de playa que Washington siempre ha pretendido, para una hipotética guerra continental, y, para los ilegales de San Carlos, comenzar el destripamiento anunciado de la izquierda. Sí, el destripamiento fue el término usado, y será el resultado de la criminal acción prevista.

A los hechos violentos que hasta hace pocos días la prensa corporativa llamaba terrorismo, con todas sus letras, y que eran narrados con un tono luctuoso y gravísimo, ahora, bajo el nuevo gobierno —en el que ya se han registrado atentados—, un periodista simplemente los calificó como “pequeños hechos de orden público”.

Lo dicho por el presentador de televisión fue lo siguiente: “Hubo varios hechos, podríamos decir, pequeños, en el país, en materia de orden público. Cuando digo pequeños es que no son fuertes atentados terroristas, pero se registraron varios hechos. Por ejemplo: hubo una explosión que se registró en la ciudad de Manizales (...); hubo otros hechos que se registraron en San José del Guaviare”.

Este rápido —aunque no inesperado ni sorprendente— cambio de tono y de enfoque puede analizarse como una modificación del encuadre periodístico, susceptible de ser interpretada en el contexto político actual y que, desde la ética periodística, puede constituir un doble estándar en el tratamiento informativo.

El periodista no cambia los hechos, pero sí la manera de nombrarlos. Y la denominación elegida no es inocua: las palabras empleadas contribuyen a orientar la interpretación que el público hace de aquello que se informa.

Hablar de “terrorismo” implica evocar gravedad, amenaza, violencia política e inseguridad. En cambio, “hechos de orden público” corresponde a una fórmula más administrativa y, aparentemente, menos grave. Añadirles el calificativo “pequeños”, además de minimizar su dimensión, introduce una valoración explícita sobre su magnitud.

¿Es solo un asunto de estilo? Claramente, no. Hasta hace apenas unos días, el mismo medio utilizaba categorías más graves para referirse a hechos similares cuando gobernaba una corriente política progresista. Si la elección de las palabras cambia dependiendo de quién ocupa el poder, podríamos estar ante un doble estándar en el tratamiento informativo.

No sería extraño, entonces, que de aquí en adelante comenzaran a utilizarse eufemismos a diestra, mas no a siniestra, para sustituir no solo determinadas expresiones, sino también la percepción sobre hechos concretos que el público pueda considerar graves, negativos o incómodos, por formulaciones menos perturbadoras.

Queda nuevamente en entredicho la objetividad periodística. Esta, si bien no exige utilizar exactamente las mismas palabras en todos los casos, sí demanda que las decisiones lingüísticas sean coherentes con la naturaleza de los hechos, estén sustentadas en criterios periodísticos verificables y no respondan arbitrariamente a la posición política de la empresa informativa ni cambien de manera conveniente según el gobierno de turno.

La India Menta

La llegada de un nuevo gobierno de derecha (uno más, como para variar un poco la historia del país) tiene a muchos medios de comunicación en absoluta complacencia, pues ahora resulta que poco o nada se cuestiona la libertad de prensa, sino que se aplauden sin timidez los caprichos del mandatario entrante.

En la transmisión radial de este 6 de agosto de 2026, por ejemplo, a Julio Sánchez Cristo se le hizo fácil admitir que el nuevo gobierno le había restringido el acceso a la prensa en Cali, e incluso afirmó que no había ningún inconveniente en que la transmisión de la posesión la hagan medios privados, en lugar de alguno público, y que, si ya era una decisión tomada, el presidente podía hacer lo que quisiera.

Con esa tranquilidad, en apenas segundos, quedaron totalmente aprobados los caprichos, sesgos y el autoritarismo sin un solo cuestionamiento, sin un asomo de controversia, como sí ocurrió a diario con Gustavo Petro.

Durante el cuatrienio progresista que termina resulta innegable advertir que la enorme mayoría de medios corporativos instauraron lo que académicos han llamado antipopulismo, una tendencia que solo ha conducido a la politización de los medios, que pasaron a intervenir activamente en política, más que a informar sobre ella.

En consecuencia, los medios dejaron de operar únicamente con una lógica periodística, y llegaron a una lógica política, que contribuyó a organizar coaliciones “de bien” contra los adversarios progresistas.

La anécdota de Sánchez Cristo es apenas una parte de lo que a partir de este 7 de agosto se consolidará como paralelismo político, es decir, el cómodo alineamiento entre medios y el bloque político de derecha, con todas sus vertientes.

El riesgo ahora es que esa transformación puede erosionar los principios del periodismo, como la autonomía profesional, y pondrá aún más presión al oficio desde las preferencias ideológicas de las audiencias.

Sin cuestionamientos, solo queda la renuncia a la crítica que caracterizó buena parte del periodismo colombiano entre 2022 y 2026; la sustitución del escrutinio por el servilismo y la legitimación acrítica del discurso y de las decisiones del poder. La vigilancia de los gobernantes cede así su lugar a un periodismo dispuesto, de aquí en adelante, a ajustarse las rodilleras.

Sr. Malajunta

Colombia sufrió sus peores pesadillas por culpa de los pájaros. León María ‘El Cóndor’ Lozano, personaje central de la novela de Gustavo Álvarez Gardeazábal, era el principal de todos.

El Rey de los Pájaros, le decían, entre otras razones, porque era el más desalmado, el más violento, el más criminal de todos.

Hoy, hay otra bandada de pájaros (y pájaras) más refinados en sus actuaciones, pero más eficaces en sus resultados.

Esa época de Los Pájaros marcó para siempre a generaciones enteras, no solo en Tuluá, donde reinaba El Cóndor, sino en Valle y en Cauca, y definió que la violencia política en Colombia no tiene límites en cuanto a salvajismo, atrocidad y horror.

Aliados con Los Chulavitas, la Policía Política surgida de las montañas de Boavita, en Boyacá, para defender al miserable gobierno de Mariano Ospina Pérez, fueron, unos y otros, el germen del paramilitarismo.

A ellos los apoyaron, desde luego, las fuerzas del Estado, lo que hoy llaman el empresariado y las instituciones, la iglesia Católica (no algunos curas, sino la iglesia toda), los hacendados dueños de miles y miles de hectáreas y, obvio, todos los afiliados al partido azul de Gobierno.

Murieron todos sus matones, por fortuna, pero la idea de grupos radicales armados para lanzarlos a aniquilar a quienes piensan diferente, se mantuvo viva y resucitó en Antioquia.

Los Pájaros y Los Chulavitas fueron permitidos por los gobiernos conservadores de Laureano Gómez y de Mariano Ospina, incluso por la dictadura de Gustavo Rojas Pinilla (apoyada por Guillermo León Valencia y otros políticos del sector de Ospina).

Al contrario de Los Chulavitas, campesinos analfabetas convencidos de que matar liberales no era pecado, Los Pájaros eran funcionarios del Estado, comerciantes, hacendados, y sí, claro, la iglesia Católica. Gentes de bien, se dicen ellos mismos hoy.

El embeleco del Frente Nacional generó, de carambola, una merma en la actividad violenta, en especial en los campos. Los asesinos terminaron asesinados por descendientes de sus víctimas, o por venganzas entre ellos, por razón de botines ocultos, o enfermos y abandonados.

Pero, en lo profundo de la cordillera, permanecieron expectantes otros, los liberales perseguidos, que no estaban dispuestos a creer en gobernantes que, o guardaron silencio, o definitivamente azuzaron y respaldaron abiertamente a los criminales.

Le tocó el turno de ser presidente a Valencia, de Popayán, quizás el más radical de los conservadores ospinistas (amiguísimo del dictador español Francisco Franco, ante el cual fue embajador colombiano), y la violencia renació con fuerza tal que no ha cesado.

El Gobierno se dedicó a perseguir a los liberales de las montañas de Tolima, Huila, Cauca, Caquetá y Guaviare. En respuesta, nacieron guerrillas incipientes que, con el tiempo, fueron las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc).

En la presidencia había un ave rapaz, ponzoñoza, con rostro baboso de yo no fui, ojos de cernícalo y bigote de arriero, de sonrisa bobalicona, personajucho para el cual la violencia tenía un carácter político de profundo contenido ideológico.

No tuvo inconveniente en pedir a Estados Unidos que interviniera en busca de aniquilar a los rebeldes, y los miles de ríos de Colombia siguieron corriendo, ahora tintos en sangre.

Desde la silla más alta de la burocracia se hizo explosionar la guerra  cuyo rugido aún estremece en las esquinas urbanas y en las curvas de las carreteras veredales, mientras sotto voce se sugiere que se escale más y más y que se evite, como sea, que los sectores progresistas sigan rigiendo el país.

Su descaro llega a extremos como el de plantear que el territorio de un departamento se divida en dos: una parte, feraz, cómoda, bien dotada de servicios públicos, destinada para los blancos y ricos, y otra, la montañosa, la escarpada, la estéril, para los indios, esos ‘patirrajados’ a los que las familias bien, de Popayán, por ejemplo, han odiado con toda su alma de esclavistas, gamonales, ladrones y promotores eternos de la guerra.

Guerra a la que antes iban en cabeza, como Tomás Cipriano de Mosquera, José Hilario López o José María Obando, pero a la que ahora mandan a ‘esos indios’, a los campesinos, a los negros, en fin, a sus nuevos esclavos, para que maten y mueran a nombre de los amos. Que ni siquiera son patronos.

Así es la ultraderecha. Así, la pajaramenta rediviva, los cóndores de nuevo cuño, pero de viejos odios políticos por los que piensan que se debe acabar la corrupción, el marginamiento, la pobreza, la exclusión.

Esas ideas, retrógradas, esas acciones siempre ilegales, esa avaricia que los devora, esa criminalidad impune, esas obscenidades, mueven a personajes de las páginas más negras e infames de la historia colombiana, acostumbrados a sembrar el miedo y revolver el río, para pescar a su amaño, de ordinario con dinamita...

El descaro de esa derecha radical llega a extremos como el de plantear que el territorio de un departamento se divida en dos: una parte, feraz, cómoda, bien dotada de servicios públicos, destinada para los blancos y ricos, y otra, la montañosa, la escarpada, la estéril, para los indios, esos ‘patirrajados’ a los que las familias bien, de Popayán, por ejemplo, han odiado con toda su alma de esclavistas, gamonales, ladrones y promotores eternos de la guerra.

Guerra a la que antes iban en cabeza, como Tomás Cipriano de Mosquera, José Hilario López o José María Obando, pero a la que ahora mandan a ‘esos indios’, a los campesinos, a los negros, en fin, a sus nuevos esclavos, para que maten y mueran a nombre de los amos. Que ni siquiera son patronos.

Esos seres abominables, malditos, verdaderos íncubos, tienen y apoyan a alguien que, en parte, les está obedeciendo y haciendo el favor: El Avechucho, para cuyas aspiraciones han dispuesto de todos los mecanismos y recursos que acostumbran: dinero, mentiras, amenazas, muertes, violencia sin límite, engaño, fraude…

Ojalá Colombia no se descuide. El Avechucho, verdadero pajarraco, en apariencia pacífico, como las palomas, está dispuesto a lo que sea, como águila arpía.

Para ello, no solo tiene la herencia del regusto por la sangre inocente derramada, sino ganas de anegar el país con ella, como homenaje a su padre putativo… 

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