Awake!

La India Menta

El más reciente mugido del animal presidencial dejó al descubierto su interés por silenciar y adormecer, a toda costa, los procesos sociales que ha vivido el país en su lucha por transformarse en un Estado social de derecho, donde haya cabida para distintas posturas ideológicas y se garanticen los derechos de las personas.

Ahora resulta que todo aquello relacionado con las conquistas sociales, políticas, económicas y humanas cabe en una sola palabra: «wokismo». La etiqueta pretende presentar esas luchas como amenazas contra las buenas costumbres y los sanos valores, como si reconocer derechos fuera una invitación al libertinaje y no una obligación constitucional. En últimas, lo que se pone en entredicho es buena parte del espíritu de la Constitución de 1991. 

Pero ¿qué significa el wokismo y por qué se estigmatiza un concepto que ni siquiera forma parte de la tradición política colombiana? 

La palabra woke proviene del inglés wake, «despertar». Es la forma de pasado de ese verbo y, en el inglés afroestadounidense, adquirió el sentido de mantenerse alerta frente a las injusticias, particularmente el racismo. 

La expresión "stay woke" circulaba desde antes de la década de 1960 y quedó documentada, entre otros antecedentes, en una grabación de blues de Lead Belly de 1938, vinculada al caso de los Scottsboro Boys, nueve jóvenes negros acusados injustamente en Alabama. Décadas después, el movimiento Black Lives Matter popularizó mundialmente el término, a partir de las protestas contra el racismo y la violencia policial en Estados Unidos.

Con el tiempo, woke amplió su campo de significados y empezó a relacionarse con la conciencia sobre las desigualdades de género, los derechos de las personas LGBTIQ+ y otras formas de exclusión. Naturalmente, estas reivindicaciones entraron en conflicto con sectores conservadores que consideran amenazantes los cambios en sus concepciones tradicionales de la familia, la sexualidad y el orden social.

Pero mientras woke surgió como expresión de alerta frente a las injusticias, wokismo se convirtió. más recientemente, en una etiqueta despectiva para desacreditar. La palabra dejó de servir para describir una sensibilidad política y comenzó a funcionar como un espantajo que se pronuncia para que aparezcan todos los males.

En Colombia, esa importación discursiva amenaza con desplazar la discusión sobre problemas que no nacieron en Washington ni necesitan traducción: la desigualdad étnica, la exclusión de las comunidades campesinas, los derechos sexuales y reproductivos, la discriminación y las disputas por la memoria histórica. Esta última, además, comprende las distintas narrativas sobre el conflicto armado, sus actores y el reconocimiento de las víctimas, incluida la responsabilidad estatal.

Tal parece que ahora debemos desconfiar de nuestras propias luchas porque el racismo colombiano se considera una importación; la desigualdad rural, una moda despectiva, y las demandas de las mujeres una conspiración internacional. Qué conveniente: cuando la historia resulta incómoda, mejor declararla extranjera. Así como con: "nos vamos a volver como Venezuela..."

La estrategia ahora consiste en presentar a feministas, activistas LGBTIQ+, ambientalistas y defensores de derechos humanos como integrantes de un mismo adversario ideológico y una supuesta amenaza contra la familia, la infancia, la religión, la economía y los valores tradicionales. Así, en lugar de debatir cada propuesta, basta con señalarla como woke para descalificarla de antemano. 

La operación funciona como les gusta a ellos, con algo muy elemental: transformar un conflicto social en una batalla moral, reemplazar los argumentos por etiquetas y convertir al ciudadano en enemigo. Ya no hay personas con derechos, experiencias y razones que merezcan ser escuchadas: hay buenos y malos, patriotas y traidores, defensores de la moral y agentes de una supuesta decadencia.

En ese terreno, la derecha que se proclama defensora, se ahorra el ejercicio de reconocer que los demás también tienen derecho a pensar, vivir y decidir, sin necesidad de preguntarse quién produjo la exclusión, quién la mantuvo ni quién tiene la responsabilidad de corregirla.

Ellos son así: prefieren los atajos a la discusión, las etiquetas a los argumentos y las advertencias apocalípticas a la evidencia. Le huyen al debate con el crucifijo en una mano y cuando la realidad amenaza con desmentirlos, queda el recurso de inventar un enemigo nuevo, ahora con nombre en inglés, para que suene sofisticado y permita disimular la miseria del argumento.

Por fortuna, en Colombia la resistencia no nació con woke, la lucha por la paz no necesita permiso y la defensa de la diversidad no depende de una etiqueta. Son procesos que tienen memoria, territorios, víctimas, organizaciones y generaciones enteras detrás.

Así que, si lo que quieren es evitar que la gente despierte, porque el negocio está en mantener a la gente dormida, pueden despedirse de su wokismo. Podrán empeñarse en apagar las luces estas criaturas oscurantistas, pero este país está más awake que nunca.

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