Teherán (Agencias).-
La vida del teocrático régimen chií del ayatolá Alí Jamenéi parece acercarse de manera dramática a un final mucho más estruendoso que las decenas de millares de manifestantes que se tomaron las calles del país para protestar contra los altos precios y la devaluación del rial a mínimos históricos.
Las protestas, que dejan ya al menos 63 muertos, se propagan incluso a pequeños caseríos y han alertado a gobiernos extranjeros dispuestos a intervenir, como Estados Unidos e Israel, y en ascuas a todo el Oriente Medio.
Irán es una de las potencias militares de la región, junto con Israel y Arabia Saudí, y la caída del régimen fundamentalista puede desatar conflictos bélicos y políticos difíciles de prever.
Por ahora, el Gobierno tiene fuertes contingentes militares y policiales enfrentando a los manifestantes, en una serie de enfrentamientos de extrema violencia sobre los cuáles poco se conoce, pues las comunicaciones con el mundo, incluida la internet, están suspendidas.
La postura de los manifestantes se endureció en las últimas horas, al punto de que exigen el fin de la república islámica establecida en 1979.
Hay más de 2,000 detenidos y las fuerzas del gobierno con frecuencia violan normas legales para enfrentar las manifestaciones y efectuar arrestos.
Desde Washington, el presidente Donald Trump reiteró que intervendrá si la represión provoca derramamiento de sangre, y prefirió eludir la posible responsabilidad oficial en las muertes, al vincular a las víctimas con estampidas generadas por las aglomeraciones.
El gobierno de Jamenéi hizo lo mismo, pero vinculó las muertes con la injerencia de Estados Unidos e Israel, y exhortó a Trump a que se centre en resolver los problemas de su país, “si es que puede”.
“No queremos guerra, pero estamos preparados para ella”, dijo el ayatolá, y prometió no ceder ante los alborotadores “que vandalizan la propiedad nacional y complacen a Trump”.
La Policía y la Guardia Revolucionaria, ejército paramilitar destinado a proteger la República Islámica, actúan de manera desigual. El viernes hubo concentraciones en algunos puntos con miles de asistentes en las que los uniformados no intervinieron. En otros lugares, como en Tabriz (noroeste) o en Dezful (oeste), se reportó el lanzamiento de gas lacrimógeno o el uso de munición real.
En Mashhad (noreste), ciudad sagrada para el islam chií y cuna de Jamenéi, los manifestantes se enfrentaron con dureza a las autoridades hasta lograr su retirada. Lo mismo sucedió en Abadan (sureste). En Isfahán (centro) se prendió fuego al edificio que acoge la televisión estatal, mientras que en Golhak y en Sadat Abad, barrios de Teherán, se incendiaron mezquitas, según vídeos de BBC.
Los mercaderes, que en diciembre iniciaron las protestas cerrando sus negocios en Teherán, replicaron las huelgas el jueves en los bazares de Tabriz, Mashhad o Kerman (sureste).
Sin embargo, las protestas van más allá de los agravios económicos, y apuntan directamente contra los mayores símbolos de la República Islámica, gobernada por clérigos de confesión chií y encabezada por un líder supremo sobre el que recae la última decisión en casi todas las políticas. “¡Mulás, desapareced!”; “¡Muerte al dictador!”, se oía en algunas aglomeraciones.
El declive de la moneda local —un dólar llegó a cambiarse en diciembre por un millón y medio de riales, cuando una década atrás se hacía por 30.000— ha destruido el poder adquisitivo de la mayoría de iraníes y ha depreciado sus ahorros. Las sanciones impuestas por Trump en 2018, al interrumpir de manera unilateral el acuerdo nuclear firmado con Teherán en 2015, ahogan una economía golpeada por la inflación y mermada por la mala gestión de los gobernantes.