Si Donald Trump conociera la historia, hubiera evitado pelearse con el papa, aunque se trate del actual, León XIV, silencioso, inadvertido, casi anónimo.
Pero, por enésima vez, a Trump le pudo la soberbia, y ahora anda en guerra con el Vaticano.
Es el estadounidense Emperador de emperadores, cabeza del ejército más poderoso, pero no invencible, del planeta, enfrentado al papa estadounidense y su Guardia Suiza de 135 soldados de alabarda. Ni siquiera de escopeta.
Pese a su indefensión, León XIV, prácticamente le gritó a Trump: No tengo miedo.
Tradicionalmente, las pelas entre el papa y los gobernantes más poderosos, las ha ganado la iglesia, que los ha sobrevivido.
Si Joseph Stalin viviera, podría corroborarlo. El 13 de mayo de 1935, ante la petición de que suavizara su presión sobre los católicos rusos, le preguntó al canciller francés Pierre Laval ¿Cuántas divisiones dijo que tiene el papa?
La historia dice que la ironía le costó cara no a Stalin, como al imperio soviético. Juan Pablo II, un papa de la Polonia sometida por Moscú culminó el trabajo vaticano de demolición del sovietismo, y el 9 de noviembre de 1989, el Muro de Berlín cayó y arrastró consigo a la muy poderosa Unión Soviética.
Trump no lo sabe. Trump nada sabe. Desconoce el enorme poder del Vaticano, el mismo del que advirtió Miguel de Cervantes y Saavedra cuando, en un episodio extraviado de su novela inmortal, pone en boca de Don Quijote la famosa frase “Con la iglesia hemos topado, amigo Sancho…”
Y, sin ser consciente de lo que hizo, con la iglesia topó Trump.
Su infame e imbécil declaración de que en una noche aniquilaría una civilización entera, la milenaria persa, escandalizó al mundo, pero más a León XIV.
Tanto, que de manera desacostumbrada, hizo detener su auto ante un grupo de periodistas, y habló con toda la dureza de que es capaz.
“Hoy, como todos sabemos, se ha producido también esta amenaza contra todo el pueblo de Irán, y esto es realmente inaceptable", dijo, y la guerra se escaló.
Las primeras escaramuzas ocurrieron con motivo de la persecución de Trump a los inmigrantes, en especial a los latinoamericanos, en su gran mayoría católicos practicantes.
El papa era Francisco, y Washington interpretó mal las protestas de Roma contra la criminalización de la inmigración. Trump y su gente creyeron que se trataba de una posición quizás progresista del papa, sin detenerse a ver a los obispos conservadores de Estados Unidos, que también se enfrentaban al Gobierno.
Pero vino el nuevo papa, nacido en Chicago, y el Gobierno confió en que la situación cambiaría. Sin embargo, continuó y se acentuó, con actos inusuales, pero muy significativos, para el protocolo diplomático.
El 22 de enero, el entonces nuncio del Vaticano en Estados Unidos, cardenal Christopher Pierre, fue convocado al Pentágono. Allí, en las instalaciones centrales de la estrategia militar de Estados Unidos, fue recibido por el subsecretario de Defensa (realmente, subsecretario de Guerra), Elbridge Colby.
Aunque las dos partes lo desmintieron, al parecer Colby lanzó supuestas amenazas contra la Iglesia y el papa en caso de que no apoyara la política exterior de Trump.
Lo que nadie explica es por qué a un embajador se le convoca al Pentágono y no al Departamento de Estado, que administra las relaciones exteriores de EE UU.
Quizás haya sido porque, dos días antes, los cardenales de Chicago, Washington, y Newark emitieron un inédito comunicado exigiendo a Trump “una política exterior genuinamente moral”.
Desde entonces, León XIV ha hecho reiteradas referencias a la política exterior de Trump, sutilezas diplomática que fueron superadas con su rechazo a las amenazas de destruir toda una civilización en una noche.
Además, los mismos tres cardenales repitieron las críticas en televisión nacional.
La respuesta de Trump fue despreciar e insultar al papa. No tengo miedo, le contestó el pontífice, un lenguaje, como dice el analista español Jorge Marirrodriga, “al que el mandatario no está acostumbrando. Y muchos católicos tampoco”.
Para el analista, “No es posible pasar por alto el factor religioso en este enfrentamiento. Trump proviene de una cultura protestante —se crió en la Iglesia Presbiteriana, aunque ahora no se adscriba a ninguna denominación— que históricamente ha despreciado a Roma y considerado al catolicismo más bien como un atrasado recurso folklórico, en vez de una creencia que, entre otras cosas, predica transformar la humillación en victoria, y que a lo largo de los siglos ha experimentado la agresión como un poderoso factor catalizador. Y precisamente Trump ha provocado ambas cosas con León XIV. El político que obtuvo el 55% del voto católico en las pasadas elecciones presidenciales no ha tenido en cuenta el efecto devastador que sus palabras contra el Papa han tenido entre quienes simpatizaban con voto republicano. Y ha obviado la curiosa concepción personal de “doble ciudadanía” que tienen todos los católicos del mundo, incluyendo los de EE UU, los cuales, aunque estén obligados a obedecer a sus gobernantes temporales, prestan mucho más que atención a lo que viene de Roma. Y puede que no necesite esperar a las elecciones de mitad de mandato para comprobarlo”.
En el fondo, como se dice gráficamente en Colombia, “es esta una pelea de toche con guayaba madura…”, solo que, como lo dice la historia, la puede perder el toche.